La arquitectura civil en el estado de Hidalgo

Trascender, legar y transmitir conocimientos… El ser humano, desde el crepúsculo lejano de la prehistoria, ha cuestionado su papel en la vida, asaltándolo una inquietante preocupación: ¿cómo superar la mortalidad, débil y efímera, para evitar la aniquilación de su pensamiento? Claro está, el legado de los hijos es sumamente importante, pero quedan las manifestaciones materiales como otro recurso para lograrlo.

En el caso de la arquitectura, tradicionalmente se han dividido sus dos ramas fundamentales en religiosa y civil. Ésta última responde en primer lugar a la satisfacción de necesidades básicas, como un albergue contra las inclemencias del tiempo; un lugar para socializar con los demás; espacios para fabricar objetos, entre muchas otras actividades.

En el estado de Hidalgo conviven varias expresiones materiales de carácter civil, constancias del trabajo conjunto de sociedades en búsqueda de un recurso contra el olvido.

En primer lugar, ha sido una constancia el aprovechamiento del agua, para procurar la subsistencia primaria esencial. La cercanía con el agua, su conducción, tratamiento y almacenamiento, revelan una comprensión total de sus propiedades y de su explotación racional. Veamos sólo algunos ejemplos: el acueducto y la caja de agua de Tepeapulco, cuya bondad permite que aún siga en funcionamiento a 470 años de su conclusión; el acueducto de Zempoala, después llamado del Padre Tembleque, ahora patrimonio de la humanidad por la UNESCO; los acueductos de Actopan y Epazoyucan, que dieron servicio a los conventos agustinos de tales localidades; o el acueducto de San José Atlán, salvando el arroyo Hondo, con una altura de 44 metros. También destacan los puentes que salvan ríos y arroyos como el llamado La Otra Banda, en la entrada al barrio del Progreso, en Ixmiquilpan. Me ha interesado, además, el análisis de la arquitectura hidráulica de las haciendas, considerando que resumen admirablemente esa sabiduría ancestral.

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Las haciendas de beneficio de minerales, particularmente preciosos, como el oro y la plata, cuentan con Santa María y San Miguel Regla unos ejemplos paradigmáticos. Además, en otras regiones se levantaron otras minas y haciendas interesantes, como en San Cristóbal (Zimapán), y en el pueblo de La Bonanza.

Los centros históricos son núcleos de coexistencia y diálogo entre distintos grupos sociales. En Hidalgo se distinguieron algunos con la denominación de Pueblos Mágicos: Huasca, Real del Monte, El Chico y Huichapan. Además, hay otros menos conocidos, como los casos de Tianguistengo, en la Sierra Alta; Zimapán y la Encarnación, en la Sierra Gorda; o Vinasco en Jaltocan.

Uno de los géneros arquitectónicos civiles más comprometidos y en riesgo de perderse son las construcciones vernáculas, particularmente en regiones indígenas. Difícilmente se pueden equiparar a otras obras, en cuanto a su honestidad reflejada en la armonía con el entorno natural, y su perfecta adecuación a las necesidades primarias. La introducción de una modernidad mal entendida, depredadora y que indiscriminadamente trata de igualar diferencias en la vasta diversidad cultural, ha arrasado con este patrimonio. Es el caso de las casas de penca de maguey y quiote del Valle del Mezquital, prácticamente desaparecidas, al igual que la explotación del xalnene, piedra arenisca de origen volcánico, propia de la región de Zempoala.

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El otro gran campo civil corresponde a las haciendas pulqueras, gracias a la explotación del llamado “árbol de las maravillas”, tradición milenaria en el Altiplano Central Mexicano. En el registro efectuado en mi libro Las haciendas pulqueras de México, contabilicé 166 haciendas y ranchos dedicados a esa producción en los estados de Hidalgo, Tlaxcala y Estado de México. Son feudos comprendidos en altos muros protegidos por fortines, envolviendo un microcosmos de clases sociales, entramados de vivencias conjugadas en la producción del néctar de los dioses, el pulque.

Las haciendas agrícolas y ganaderas del valle de Tulancingo, de Huichapan y Tecozautla, y en Alfajayucan y Chapantongo, son también parte apreciable de la arquitectura civil en Hidalgo.

Es importante destacar la presencia de otras construcciones civiles del primer siglo del Virreinato, como la casa de Cortés y el hospital fundado por fray Andrés de Olmos, en Tepeapulco; o la Tercena, cabido indígena de Metztitlán, único en su género. Tal patrimonio se suma al de algunos cascos de haciendas, con secciones muy antiguas dando cuenta de una interacción temprana de gran interés, entre las motivaciones de conquistadores y las poblaciones indígenas arraigadas ancestralmente en el territorio.

En los albores de una nueva era, con los aires revolucionarios del siglo XX, las poblaciones hidalguenses se beneficiaron con obras originales, como monumentos conmemorativos del centenario de la Independencia, particularmente las torres monumentales de relojes públicos, como en Tecozautla, y la más famosa, en la ciudad capital, Pachuca. Cuautepec también integró años después otra estructura de reloj, de ejecución popular. El art-decó, de líneas puras, contribuyó a las fisonomías urbanas de Mixquiahuala (presidencia municipal) o Acaxochitlán (torre del reloj), entre otras.

La arquitectura de la Revolución Mexicana se incorporó satisfactoriamente con el patrimonio construido siglos atrás, e integró kioscos, monumentos y edificios públicos, como presidencias municipales y comisariados ejidales. Por ejemplo, en la Estancia, municipio de Actopan, se resumen las preocupaciones urbanísticas y arquitectónicas del pensamiento socialista de gobiernos revolucionarios, en la conjunción del monumento al campesino, la escuela primaria y las oficinas ejidales.

Un apartado especial son las edificaciones levantadas para el desarrollo de la ciencia, como el observatorio astronómico del Ing. David Uribe en Tulancingo, así como las antenas de la Estación Terrena de Telecomunicaciones en la misma población.

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