Carnavales en Hidalgo

En el estado de Hidalgo, como en muchos otros sitios del país, la celebración del carnaval es un acto cultural muy arraigado en la vida de las comunidades, y sus formas de organización en cada región forman un rico cuerpo de expresiones que se distinguen unas de otras por la variedad de música y danzas que motivan la algarabía de los asistentes. El carnaval hidalguense responde, en un primer momento, a un verdadero festejo colectivo donde lo chusco y la gracejada generan el entusiasmo, invitando a la participación directa.

Los carnavales de México, aun cuando poseen particularidades, tienen por antecedente las fiestas medievales europeas, en este caso hispanas. Estas celebraciones fueron incorporadas en su momento al Nuevo Mundo con el propósito de reproducir las viejas estructuras culturales y además controlar las llamadas supercherías idolátricas de las sociedades del antiguo México. En función de esta estrategia colonizadora, la Iglesia hispana determinaría hacer del carnaval un acto expiatorio o de arrepentimiento, compuesto por dos grandes momentos; uno de estos exhibiría los excesos de la vida y sus consecuentes faltas al dogma católico, esto es, lo propiamente carnavalesco, seguido en lo inmediato de una larga serie de actos de fe encaminados a la obtención del perdón y a la recuperación de la historia apostólica de Jesús de Nazaret y su doctrina. Esto último se habría de reconocer como Cuaresma (periodo de 46 días) o tiempo donde a partir del “Miércoles de ceniza” se espera la fecha de Resurrección o Domingo de Resurrección.

De acuerdo con esta estrategia, el periodo carnavalesco encontró lugar en la vida de la sociedad indígena novohispana, para incorporarse en modo firme a sus sistemas culturales, desde luego, acomodándolo a sus particulares condiciones de existencia material y a sus expectativas sobre el desarrollo de la vida.

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El carnaval hidalguense reviste formas diversas de acuerdo con la historia o tradición cultural de los grupos que lo llevan a cabo y a las innovaciones que han decidido agregar en cada caso. Así, tenemos carnavales en el Valle del Mezquital, la Sierra Baja y Sierra Alta, Huasteca, Sierra de Tutotepec, haciendo presencia también en la Bocasierra, en el municipio de Acaxochitlán y el Valle de Tulancingo, por lo que corresponde al pueblo otomí de Santa Ana Hueytlalpan. En cada región, las comunidades producen con el carnaval un punzante efecto en el ánimo lugareño, sacudiendo la rigidez de los protocolos creados, llegando a estruendos o exagerados actos que pueden tomarse como extrañas contorsiones del espíritu. Un aspecto a considerar respecto a los carnavales regionales son sus momentáneos distanciamientos respecto de las fechas eclesialmente fijadas para su desarrollo. Además, las prácticas de sus contenidos no se apegan en diversos casos a los elementos por norma previstos. En la comunidad de Arbolado, Tasquillo y en Alfajayucan, el carnaval es el escenario para activar actos de fe a imágenes católicas como el emblema mariano en sus advocaciones guadalupana y virgen de San Juan de los Lagos, así como a la santa cruz. Situación similar, aunque con sus características propias, es el caso de algunos pueblos otomíes de la Sierra de Tutotepec que realizan carnavales a modo de marco para las fiestas al Señor de Chalma. En el pueblo de Tecozautla, el carnaval actúa como elemento contextual de los honores al Señor Santiago y al Señor de las Maravillas (“San Carnavalito”) por lo que corresponde a Metzquititlán en la Sierra Baja.

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Los carnavales más conocidos responden a los de la zona huasteca, donde los “pintados” o “mecos” son los personajes destacados, como ocurre con los “viejos” y “capitanes” de la comunidad de Pie del Cerro, municipio de San Bartolo Tutotepec. Distintivos por su lado son los “cuernudos” del carnaval de Calnali, que con su extraña indumentaria formada por chaparreras, lazos y sombreros de ala ancha adornados con cornamentas de venado, zapatean y giran por las calles del pueblo lanzando constantes gritos. Los “mecos” son vecinos.

Embadurnados de lodo amarillento del río o pintura natural provista por semillas machacadas. Salen a las calles y plazas formando líneas de adultos o niños para simular un enfrentamiento con varas. Se hacen acompañar de música de cuerda o instrumentos de aliento, hasta el momento agrupaciones típicas en la región.

En los carnavales estatales también se ejecutan acciones que se dicen antiguas y referidas a la selección de vecinos para nombrarlos reyes y reinas del carnaval, como en los carnavales nacionales, como el caso de Mazatlán o Veracruz, o bien internacionales de la talla de Río de Janeiro y Nueva Orleans, recurren por lo común a este tipo de actos, paseando en carros alegóricos a sus “realezas”. En el pueblo de Jaltocán se verifica por tradición esta actividad; cosa en activo además en la cabecera del municipio de Huejutla, y por cierto en Arbolado, Tasquillo entre otros.

La figura del diablo en el carnaval tiene un papel importante y sus representaciones admiten interpretaciones diversas centradas en su influencia maligna en la vida doméstica, ejemplos de ello se encuentran en poblados de la Huasteca como Xochiatipan o bien en asentamientos de la Sierra de Tutotepec como Tenango de Doria y en Santa Ana Hueytlalpan, comunidad asentada en el Valle de Tulancingo.

El carnaval, más que un momento festivo en sí mismo, se constituye en un espacio físico-temporal donde se busca reconstruir condiciones históricas resultantes de diversos contactos culturales, como también marco para la reconfiguración de los mismos contactos, creando así nuevas fórmulas culturales. Por tanto, el carnaval hidalguense no sigue un patrón único, sino una suerte de alternativas colectivas a través de las cuales se puede comunicar el sentido de la vida que experimentan los pueblos. Es una forma de conciencia activa que señala los que son y quieren ser los pueblos comarcanos de cada región.

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